habitaciones
Qué tacaños en alabanzas, cuánto trabajo dar las gracias, acercarse a los seres queridos, demandarles un beso, reconocerles los méritos, confesarles los dolores. Sin embargo somos rápidos en los reproches, en las faltas, no pasamos una. Envidiamos incluso la suerte de un hermano, su belleza, si facilidad de palabra, su don de gentes. Y todo por no tener en cuenta nuestras virtudes, por no dejarnos querer y valorar lo nuestro. Si supiéramos que otros nos quieren o nos admiran seríamos capaz de hacer lo mismo con los demás. Si dejáramos que ésos se nos acercaran para abrazarnos cuando lo necesitáramos o riéramos nuestras sandeces y enfados banales.
Pero qué duros somos, pura roca. No estamos ya acostumbrados a vivir en casa con mucha gente, donde no hay apenas intimidad y siempre unos obedecen, otros mandan, a veces todos cantan, a veces riñen...ahora nuestro espacio es claro y delimitado, es gigante, enorme, frío, hermético...allí podremos llorar a gusto nuestra inmensa soledad.

