Todo cambia
Sudan mis manos, mi pecho se levanta y cae con rapidez, la boca seca pide agua fresca, los ojos irritados y enrojecidos de correr durante semanas tratan de no perder detalle del entorno. Extenuada está mi garganta de gritar, mis ojos de lloraR, mis piernas de correr a más velocidad de la posible. Así que freno en seco.
Sólo quiero ser feliz, resolver dudas, recuperar las fuerzas, encontrar de nuevo la seguridad de que no hay mejores ni peores sino complementarios. Quiero volver a escuchar mi voz cantando, quiero volver a ver mis dientes al sonreír, quiero que mis palabras fluyan sin vergüenzas ni reparos, quiero establecer de nuevo lazos puros con mi entorno. Sin miedos, sin temores, sin complejos.
Quiero volver a hacer las maletas y abrir las puertas de mi mente de par en par, tras meses de cerrazón y escondites en la falsa quietud, en el espejismo de las vidas sin ritmo, que gastan su tiempo en luchar contra la entropía, la ley natural que lleva al cambio, al desorden, para dejar las cosas exactamente como estaban, sin disfrutar de la evolución normal de las personas, del medio, de nosotros mismos.
Quiero abrir los ojos al cambio, abrir los oídos a los otros, a los que últimamente he cerrado mi espacio para continuar en mi burbuja sin alteraciones, pero como es algo imposible tratar de mantener, de paralizar los acontecimientos, mejor dejarse mecer por el capricho del destino y aprovechar ya de paso, la gente interesante que aparezca a nuestro lado, los momentos de júbilo y regocijos, la rijosidad en plena juventud de la pareja, la fuerza física que acompaña en estos años nuestros vagabundeos, las ansias de absorber historias nuevas y la atención que aún llaman las vorágines externas.
Inteligente la vida con sus cambios, sus rumbos, sus giros, sus lecciones, y qué grandes los esfuerzos que nos cuesta superar nuestros propios miedos y vergüenzas.

