Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2008.
Nos perdimos. Me perdí.

De alguna manera me faltas. Íbamos juntos de la mano, jugando bajo el sol de la ilusión, por la orografía de nuestros cuerpos exuberantes, con sus dorados matices, su frescor, su luz, su calor. Allí saboreamos la humedad salada de nuestros mares, nos sedujo la tierra mojada de nuestra piel fecunda; allí escuchamos atentos la danza del ramaje de nuestros cabellos al viento de los susurros; allí nos bañamos en océanos de cariño.
Nos abrazábamos cada noche con el convencimiento de vernos mañana.
Pero nos perdimos. Pisé terreno pedregoso, continué por un recodo alejado de ti y oí tus pasos atenuarse en la espesura. Nos perdimos.
Al principio corrí, seducida por una especie de liberación, sin embargo no tardó en llegar la decepción, el desencanto de una soledad idealizada antes por la belleza del entorno que exhalaba encantos pueriles.
A pesar de ir descubriendo un nuevo mundo repleto de seres que se cruzaban en mi camino, curiosos con mi persona, dispuestos a aligerar la carga de mi vida; a pesar de experimentar otros juegos y placeres, una sombra oscura y fría, una noche helada no amanecía nunca dentro de mí.
Si ahora encuentro unos brazos que saluden mis madrugadas, no serán tus brazos. No arroparán mi tristeza.
No te encuentro. Frío. Ojalá volvamos a vernos.
La leyenda del lobo cantor

Como el crepitar de un fuego en el cortijo de noche, cuando nada hay ya que hacer, atraigo los ojos cansados de los jornaleros.
Al sentir por primera vez este desamparo cruel, este fluir indómito de mi vida sin cauce, entiendo que la gente se acerque entre sí con presteza, diligencia, congoja, inquietud y agitación; con el nervio con que un exiliado abraza después de mucho tiempo su tierra, con el ansia con que cruza un recluso la puerta.
El miedo, al besar otro miedo se esfuma. La sed, al abrazarse a otra sed se aplaca. El hambre, al enroscarse a otra hambre se engaña.
El hombre, al unirse a una mujer cree ya, convencido, que no está solo.
Ahora recorro esta inmundicia de desastres sola. Inconsolable.
No siento la mirada protectora de ningún dios, los ojos poderosos de ninguna naturaleza, el brazo protector de mis abuelos dormidos, y
ya tampoco tu mirada, la única que me arropaba cada mañana.
¡Qué sola, bailando al son de los lobos!
Libre albedrío
A medida que pasa el tiempo más huyo de los jefes, de las voces vehementes, de las miradas sutiles pero cosidas con alambres de espino que enredan la libertad y con fusta y látigo tratan de atar manos y lenguas para fundirlas con las suyas y crear una sola voz y una sola mano al gusto del líder; pobre idiota que no sabe adónde nos conduce.
Soltadme, torpes héroes de la nada, tristes hojas que pronto llegaréis al otoño. Dejad que cada cual se meza a su ton produciendo un cántico libre que sobrevuele el boscaje que nos soporta, dejad que exhale la humanidad su espíritu en busca del vientre donde reposar sus efímeros pesares.
Al otro lado del Mediterráneo

EL mar. Silencio roto por el viento que azota una vieja ciudad colonial.
Olas chocando en una fiesta de espuma contra la muralla erosionada, añejo testigo de tanto tiempo.
Sobre un peñasco frente a las aguas dos jóvenes marroquíes de grave semblante enfrascados en un cuchicheo sordo. De cuando en cuando una inclinación de sus bravos cuerpos flexibles hasta abrazar la roca.
Increíble estampa. Hombres que en esta zona del planeta son voz incontestable en el hogar, jerarquía respetada para los hijos, dueño de hasta cuatro mujeres.
Mas ante el mar, el horizonte, el misterio de la vida, tal vez vibre en sus conciencias la pequeñez, el verdadero valor del hombre en esta historia. Y ante tal escalofriante pensamiento no queda sino doblegarse, postrarse ante una inmensidad para la que nada somos ni valemos.
A mi lado una amiga sumida en las eternas dudas, como en una melopea que desdibuja la razón. Peregrina incansable, derrotada, sin guía. Una tempestad se desata bajo su navío anegando sus fuerzas y propósitos. En las manos un libro donde rebusca entre líneas por si aparece una pista, una carta de navegación certera en este océano indómito. El volumen dictamina que ni nuestros sentimientos, amores, temores, ni nuestras mismas vidas son de importancia. Quizá sea cierto. Pero ante esta soledad tan violenta la mera conciencia de ser, las presencias de una mente en un cuerpo, el diálogo entre ambas para dirigirse al mismo punto, son una compañía tan serena, que vale la pena cuidar y atender.
Amarse. Porque es lo que tenemos, porque es lo que somos, porque esta vocecilla que va aprendiendo y formándose cada día, y este cuerpo que soporta los rigores de la existencia siendo devorado por el tiempo es lo único que nos acompaña durante el tiempo que separa los agujeros negros de nuestra llegada y nuestra partida.

