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Reclamar lo que pertenece

Acabo de leer un artículo acerca de la lucha que sostienen las mujeres iraníes para lograr la igualdad con los hombres. Equivalencia que no existe ni en la ley que suele llegar tarde, ni en la calle, los hogares, ni las mentes de tantos países del mundo.
Es paradójico que mejor viva y más poder tenga quien menos lo merece. Hace una semana emprendí un viaje relámpago a Tánger, un pueblecito de costa y otro de montaña en Marruecos. Tan cerca de nosotros y sin embargo, cincuenta años tecnológicos nos separan y cientos de evolución político-religiosa.
En la calle, bares, negocios, lugares de culto: hombres. Sólo en algunos restaurantes grupos familiares o de amigas y también en parques vigilando el juego de los más pequeños. Pero sobre todo tras las puertas. A través de las celosías se oyen sus voces, se huelen sus guisos y coladas, por las ventanas y terrazas asoman sus flores. Cocinar, lavar, limpiar, cuidar a los niños, dejar de salir sin permiso, callar, aceptar, acatar, renunciar, renunciar a pedir, a exigir, a expresarse, a reclamar lo propio: la libertad. La libertad de estudiar, de ejercer una profesión bien de soltera o ya con hijos. Libertad para disponer del salario ganado y manejarlo, libertad de educar a los hijos, de elegir al compañero de vida, libertad para decir No, libertad para elegir indumentaria, religión, adónde ir, ...libertad para vivir.
¿Cómo es posible que un ser tan versátil en sus funciones, polivalente, empático, capaz de tanto, con tanto que contar, que decir, que legar sea acallado y humillado de esta forma tan flagrante hoy día en tantos lugares del mundo?
Ojalá el mundo venidero abra paso a la mujer, afloje la mano que estrangula su garganta, abra el candado que se ciñe a su libertad. Ojalá abra paso a su elegancia, inteligencia, a su capacidad de esfuerzo, de entrega, de amar. Tal vez entonces podamos vivir en un planeta más confortable, más sereno, más limpio, más parecido a un hogar y no a un cuartel destartalado con olor a pocilga como este.
Domingo

Domingo de casa en el silencio del pueblo, zarandeado por un poco de viento y unas gotas. Lenta lectura en compañía de los articulistas del periódico y primavera que se despereza aburrida y algo deslucida este año en mi interior.
Las flores están algo marchitas, como quemadas por las recientes heladas. Asoman tímidos retoños, espero que futuras fragancias que alegren este rostro acartonado, anhelante de recuperar el brillo y la sonrisa, el rubor de la vuelta de la sangre adormecida al cauce de la ilusión, del abrir los poros al gentío veraniego, a las charlas de terraza y caracoles, cervezas borboteantes de anécdotas del día a día que suben a la cabeza con una risa narcótica que salpica de alegría.
Bendita primavera, benditos amigos que día a día brindan con nosotros su empatía.
Sin techo
Esta inhóspita y ajena habitación acoge los ojos cansados de nuestro día, como la meretriz al amante, sacia algún tipo de sed pero no brinda verdadero descanso a nuestras almas. ¿Será que pasa el tiempo y ya las aventuras, los trenes, sucios sacos de dormir ya no colman las expectativas? ¿Y qué las colma a estas alturas?
El seno de esta tierra que habla a su manera sí adormece mis sentidos, aislándolos de la vida de afuera. ¿Dormir, errar, conformarse, beber la savia de las raíces? Como membrana permeable la esencia lo traspasa todo, por lo visto ahora lo llaman teoría de cuerdas, algo que lo atraviesa todo, que se extiende libre y arriba a nuestras puertas. Y está dentro, y es sereno, sabe bien y no es somnífero sino armónico, son las manos que nos clavan al entramado. ¿Y qué cosas éstas verdad?
Felicidad, qué bonito nombre tienes
Felicidad esquiva, no te esperaba y has improvisado tu llegada. Bienvenida. Ahora te siento, fecundas mis días con un elixir que afloja mis labios por donde se derrama un algo blanco, brillante, que emana de ti, me atraviesa y llega a mis heridos. Y sano. Es verdad que sanas y ¡cuánto quisiera retenerte y cuán sé qué vano esfuerzo. Te irás y me quedaré en la umbría. No importa. Sé que de esos montones de hojas de otoño que arropan los días fríos se prepara un brebaje infalible que fortalece el espíritu y amansa el carácter.
Hoy me acompañas de nuevo y me asomas a tu casa, tan repleta de magia. Mañana me dejarás sola, relamiéndome los recuerdos para rumiar esperanzas y seguir luchando a pesar de parecerme que esto no lo pilota nadie. Aun así intentaré compartir el servicio con los tripulantes de al lado, trataré de seguir soñando con el destino del viaje, un paraíso. ¿No era lo prometido?¿O era tan sólo una mentira piadosa para no sucumbir al pánico de la muerte?

