La leyenda del lobo cantor

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Como el crepitar de un fuego en el cortijo de noche, cuando nada hay ya que hacer, atraigo los ojos cansados de los jornaleros.

Al sentir por primera vez este desamparo cruel, este fluir indómito de mi vida sin cauce, entiendo que la gente se acerque entre sí con presteza, diligencia, congoja, inquietud y agitación; con el nervio con que un exiliado abraza después de mucho tiempo su tierra, con el ansia con que cruza un recluso la puerta.

El miedo, al besar otro miedo se esfuma. La sed, al abrazarse a otra sed se aplaca. El hambre, al enroscarse a otra hambre se engaña.

El hombre, al unirse a una mujer cree ya, convencido, que no está solo.

Ahora recorro esta inmundicia de desastres sola. Inconsolable.

No siento la mirada protectora de ningún dios, los ojos poderosos de ninguna naturaleza, el brazo protector de mis abuelos dormidos, y 

ya tampoco tu mirada, la única que me arropaba cada mañana.

¡Qué sola, bailando al son de los lobos!

06/03/2008 11:45 Autor: aquoevo. Enlace permanente. Tema: Textos.

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