La lucha

Hoy ha sido un día duro. Es difícil moverse entre decenas de personas diariamente.  Tengo un amigo que a menudo escribe sobre su vida en la ciudad donde le han llevado la curiosidad y el trabajo. Me hacen gracia los contrastes entre su día a día y el mío. Él sí que tiene difícil la lucha diaria, hasta ha tenido recientemente un encontronazo con un perfecto desconocido. En mi caso las cosas son muy distintas. Mi rutina transcurre entre dos pueblos, uno casi aldea y el otro con ínfulas de ciudad.  No sé qué será mejor, si cruzarse a diario con cientos de personas tan dispares, últimamente aisladas con sus auriculares a todo volumen para no escuchar molestos ruidos o inoportunas voces, o por el contrario ir chocando cada día con los mismos rostros, que se van acostumbrando a los mutuos rasgos y poniendo oído a noticias concernientes a ese personaje poco a poco familiar, y quién sabe, tal vez con el tiempo llegue el saludo, y tal vez después alguna conversación en la cola del supermercado, o entre el gentío aglutinado de una procesión arrobada con la fuerza de las bandas de cornetas y tambores.

Hoy ha sido duro el trato con gente ya acostumbrada al contacto en el trabajo. Oír críticas hacia quien ha hecho lo correcto y además con entendimiento y dedicación fastidia, y más cuando es un colega de trabajo, y más cuando extrapolas la situación y te ves en el lugar del vituperado. Sudar por los demás, levantarte con ilusión, renunciar a tomar el café por no hacer esperar a nadie... y al final...nunca llueve a gusto de todos y somos unos indeseables...qué triste.Bastante tenemos con nuestras miserias como para que venga ningún aburrido de turno a echar más barro encima. No somos solidarios ni comprensivos. Yo desde que trabajo y sé lo que es estar agobiada con muchas tareas pendientes, y sé lo que fastidia que venga gente agobiando y presionando, trato ahora de no ir avasallando como solía. En el pueblo, porque conoces al carnicero, y al panadero, y a la hija del de la librería y vas al gimnasio con la sobrina del cartero, pues te armas de paciencia con la certidumbre de que si aguardas paciente, cuando les toque alguna vez ponerse en tus manos o acudir a ti, lo harán en las mismas condiciones, con el mismo respeto y puede que una sonrisa. Imagino cómo será el entorno de mi amigo, una jungla, donde si alguien se impacienta lo menos que se le ocurre es poner horribles mohines de desesperación, resoplar, mirar el reloj compulsivamente, mover las manos y los pies con gran agitación y si la espera aún continúa, o lo deseado no se puede lograr en ese lugar poco menos que insulta a la pobre secretaria o telefonista en la cara casi escupiendo las palabras y amenazando. En otros casos ocurre que cuando por fin se atiende a la persona de pronto se oye el soniquete del móvil que de inmediato se planta en la oreja ignorando por completo a quien le atiende y olvidándose del resto de la cola que mira incendiada el precioso tiempo que transcurre en balde por culpa de la conversación que a nadie le importa del desgraciado maleducado. En fin, que no quiero generalizar ni recriminar a nadie, pero hablo un poco por experiencia propia, en medio de un tratamiento se me levantan los pacientes impunemente a por el teléfono que suena y hablan con el interlocutor mientras me extienden el brazo con que me ensañaba antes, y debo recordar de nuevo por dónde iba al tiempo que escucho una conversación que desearía no oír. Pero así son las cosas ahora por lo que se ve, y eso que en el pueblo bien sabemos que arrieros somos y en el camino nos encontraremos.  

25/10/2007 23:36 Autor: aquoevo. Enlace permanente. Tema: Textos.

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