Escenarios que nos disfrazan
¿No te das cuenta de que detrás de mí está el paredón? No puedo hacer que me veas.¿Qué te importa si sólo ves que no salgo contigo a rajar la tediosa noche que te angustia? A mí también me lastiman. La tarde, esa hora en que después de trabajar, ya exhausta, me derrumbo en el colchón y aprieto bien fuerte los ojos para no afrontar la carencia de vigor o la falta de resolución para cualquier actividad que, a esas horas delataría mi desánimo y apatía. Horas de sol, silencio, aburrimiento; de zumbido de moscas, de espantajos chillando en la televisión, hipnotizando al personal de cada salón que reposa satisfecho, atrayendo sus miradas como el oro atrae a la urraca, como el dinero al usurero, sorbiendo la imaginación... atemorizada bajo la manta espero ansiosa el crepúsculo. Me anuncia que ya puedo salir, que ya puedo respirar, que ya se acerca el fin del día y han muerto esas horribles horas que no dejan de advertir, ¡malditas agujas que me inoculan culpa y me dan vértigo!, que pasa la vida, que pasan las horas y se deteriora mi cuerpo, como un viejo cerrojo oxidado, que a medida que lo lame la herrumbre más difícil se torna el abrirlo, el extraer de él el secreto que guarda bien custodiado; y todo por no haberlo hecho a tiempo, antes, ahora, cuando aún era, es fácil su apertura y su milagro. ¿Crees de verdad que no estoy? Paseas, triste con tu mancha de soledad, al menos tú tienes el mundo suburbano que acompaña ofreciendo un escenario ideal para eso. En cambio yo, saco mi melancolía a las calles desiertas, de pueblo, que no entienden de bohemias ni humaredas innecesarias, aquí no había tiempo para remilgos, los que no trabajan no comen y pasear al fantasma y los monstruos es de ridículos locos. Ni eso, ni estética, nada, silencio, vejez. Una vejez tan llena de recuerdos, de ideas sólidas, más que las de cualquier joven a la última en todo y con máster en quién paga más por menos. Estos paseantes encorvados que no cierran los ojos en toda la noche, que callan las mordeduras de sus articulaciones, que tratan de enderezar su figura con dignidad, bombean con su sangre a su cabeza y corazón letanías sabias, resabidas e impresas en sus rígidos músculos a base de palos, pruebas y resultados. En realidad el escenario donde trato de sacar mi desvergüenza a la calle es más cruel, porque si lo hiciera entre putas, ladrones y borrachos no se percibiría tanto el lobo que aúlla a la luna y en lugar de asegurar una presa vagabundea poseído por ansias de venganzas y un apetito excitado de aniquilar. Aquí, el lobo trata de sonreír en una espectral mueca de hipocresía, que acrecienta su ira al constatar su bajeza al lado de tanto deterioro físico, que ni serviría de carroña para aplacar el apetito desenfrenado de labios bien pintados aunque padres de barbaries. Y sin embargo el poder que esconden, la paz que los protege, como fanal a una frágil llama de candil, ridiculiza mis simas más profundas. Ayer corrí, y no sabes cuánto ni con cuánta desesperación, me perseguían miedos, soledades, desarraigos. Corrí a buscarte en la ciudad, esperaba que estuvieras en el salón, que me sirvieras un café bien caliente y un licor de avellana, que me permitieras fumar hierbas y me arroparas con una manta de cuadros rojos y verdes. Esperaba encontrarte atento, al lado de la chimenea, calentándote las manos para después acariciarme las mejillas heladas y acercarte y besarme y llevarte en ese beso todo lo negro, y verte abrir la ventana, sentir una ráfaga helada de aire de fuera, húmedo, con olor a tierra mojada y a noche, y verter en él esos humores infectados, y abrir tus pulmones, y llenarlos de transparencia helada y acercarte a mi pecho y vaciarlo lentamente, aliviando todo mi dolor. Esta mañana he despertado y todo sigue como siempre, ¿ todo como siempre? 19/10/2007 01:23 Autor: aquoevo. Enlace permanente.
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Autor: Él
Qué derroche, qué torrente de literatura, tres textos mastodónticos en tres madrugadas. Ya me contarás el secreto para escribir tanto. Ay, despiertas sentimientos contradictorios en uno, flaca fatale. Te dije que bebieras de mí cuanto te placiera, pero, en la hora más oscura y solitaria de la noche, a veces temo no ser capaz de saciar tu sed de insatisfacción. Y pensarlo duele, y me aleja de ti, pero también me atrae con una fuerza poderosa y embriagadora. Por eso, cuando me siento desfallecer, salgo a la calle en busca de ese salón que compartimos junto al fuego, por si coincide que te encuentro allí, arrebujada en el sofá, esperándome. ¿Que si todo sigue como siempre? Sí y no, sólo que ahora yo estoy aquí y tú, allí. Y no sabes cuán amargo resulta, flaca.
Fecha: 20/10/2007 03:42.

