Besos helados

Me mirabas atento, escuchabas las fantasías de molinos y gigantes sin desprecios ni muecas de desaprobación, porque tú también te has vestido de palabras y aventuras imposibles.
Leíamos como pitonisas lo que más nos interesaba en posos de cualquier vaso de café en los fríos de Noviembre. Paseamos alguna vez, cantamos alguna vez, pero sobre todo soñamos. Entre planes más o menos coherentes de futuro y propósitos de viajes al centro de la Tierra empleamos horas de fantasías. ¡Qué sorpresa el local de siempre! Entraba y todo sin cambios, previsible, pero era cuestión de tomar el primer sorbo de café caliente y dejar hacer a las palabras para provocar que las paredes se evanescieran, dando paso a escenarios orientales, desiertos de religiones antiguas con residuos de poderes mágicos para viajar al yo; se llenaba el entorno de olores nuevos, a especias, a otros seres; saltábamos de nuestras sillas de plástico para montar en algún camello que con calma nos llevara a las dualidades, para unir tu punto de vista y el mío, tus impresiones y las mías en aquel mundo onírico tan al alcance de la mano, pero tan difícil de hacer emerger de aquellas profundidades fáciles, donde ser protagonista sólo es cuestión de dibujar con la imaginación. Después comprobamos, cada uno por su lado cuan sencillo era, bastaba con decir sí.
Al final Maluba nos dio un regalo. Una brújula que nos conduce tras algún rastro fatuo que se adentra en espesuras. Cada uno aprieta la suya y la sigue. A ti te llevó a soledades de arena, a mí, de hielo. Deja que tú descubras por allí y yo por aquí, y a veces nos reúne para poner en común lo vivido. Ya tenemos un lugar de encuentro, la Ciudad. Y también París. Y también el Club, que ya sabes dónde está, en tu salón, en mis noches de cuaderno y luna, en cada letra que se escapa y vuela a imprimirse en los amarillos periódicos del Club.
¿Entonces Austria la próxima parada?
Hay tanto que escribir, lo malo es que cada trazo se tiñe con nuestro éter, y equivocarse sería morir. Aunque aquí tu frase: la estética es lo primero, y si la muerte es bella habrá merecido la pena.
Buenas noches de Besos helados, donde al agua la besa la luna y a ella no le da miedo ceñir en un abrazo de hielo un cuerpo estremecido, rabioso, necesitado de un bofetón de jazmines que apague delirios en una noche de desvaríos.

