La cárcel de cristal

Cuando las cosas discurren tranquilas, cuando la vida rueda lentamente en una rutina plana, debajo de esa calidez cómoda de nuestro primer mundo, no dejamos de sentir cierto recelo ante el futuro, que esperamos asímismo plano, neutro, sin sorpresas demasiado desagradables, pero que, sin embargo, sabemos traicionero, incierto.
A veces da la sensación de tener bien agarrada esa bola de cristal donde, dentro de un agua cristalina, aparece una casita recoleta y acogedora en mitad de una montaña encantada.
Podemos controlar con un solo movimiento de la mano su quietud, pues haciéndola girar pasamos de una jornada soleada a una ventisca que confiere a la estampa un encanto navideño.
Así conservamos en nuestro cerebro la imagen del mañana, perfectamente diseñada, decorada y controlada, donde todo es previsible y modificable a voluntad.
La pesadilla, o la realidad, se abren paso cuando un acontecimiento inesperado nos abre los ojos, y entonces vemos que somos nosotros los que estamos atrapados en esa bola. Saltas dando traspiés de la cama, corres a través de aquel maravilloso bosque de sueños, sin parar, hasta llegar...hasta llegar a ese muro de cristal, a esa barrera que te separa de unas fuerzas, de unas leyes, de unas manos que juegan a su antojo, completamente ajenas a ti, a tu vida, a tu felicidad. No eres más que un adorno en esa esfera que alguien contempla...y sólo te queda golpear el cristal con todas tus fuerzas, por si fueras capaz de romper aunque sea un fragmento y gritar a través de ese miserable agujero que comunica con "lo otro", de lo que formas partes sin saber ni siquiera para qué, con objeto de qué, y gritar con todas tus fuerzas que dejen de agitar la bolita vulnerable porque con tanto trajín la ventisca ha derrumbado la casa y ha matado a tu padre que yacía apacible dentro, entregado con resignación a la potestad de la Mano que lo sujetaba....
En una fracción de segundo todo cambia, todo gira, se vuelven las tornas, y despiertas a la realidad, se esfuman los sueños y las garantías de mañana.
Por eso tal vez sea mejor ir a pasear hoy al bosque, bañarse en el estanque y mirar hacia arriba, con desdén, con ojos suplicantes, o con simple curiosidad, y amar esta miseria que somos, este tesorito desorientado que somos, este manojo de sueños mal pintados.
Yo también construyo en mi imaginación un mañana acogedor, ¿qué otra cosa nos queda? Sólo cuando las turbulencias son ya imperdonables, corro con histeria, con rabia, con desesperación hasta el muro transparente y aporreo con todas mis fuerzas increpando al que lo sostiene, por si se compadeciera, o se dignara susurrarme algo al oído, un maná que apaciguara este desasosiego que remanente descansa latente bajo un día a día anodino, vulgar y vagamente esperanzado.

