Humano es errar; perdonarse, divino.

¡Qué horror me producen los castigos eternos!
Como el de Sísifo, como el de Prometeo,
un calvario sempiterno, un recordatorio de nuestra debilidad,
de nuestro pecado, de nuestra naturaleza al fin y al cabo,
a la que se exige tantas veces lo que está fuera de su alcance y posibilidades.
Es la eterna obligación de abrir los ojos a la fuerza
para observar con dolor el estropicio ocasionado,
la vergüenza acarreada,
la herida supurante rasgada con nuestras propias manos
en un azote de inconsciencia, de descarrilamiento de la censura que
nada puede contra el otro yo,
el salvaje, el vampiro que nos nutre
y agasaja con la sangre de la otra fuente de la vida,
la negra, la noctámbula,
la tenebrosa y aciaga que tira de nostros con deleites apetitosos.
El castigo, invento abyecto,
pues el error ya lleva aparejada la expiación,
ya que la pena, el reconocimiento de la falta
y el sufrimiento que infligen nuestros actos,
nos atormentan y lavan la transgresión.
¿A qué tanto pisar al hombre?
Es ya una cruz el saberse dos seres diametralmente opuestos condenados a vivir en armonía para lograr paz y crecimento.

