Templanza

Abrázame Maluba, que me traiciono. Me convenzo de que no sonreiré pérfidamente a la mirada iracunda y viperina; me sopeso capaz de apartar mis flacos pasos del camino de los pies que buscan mi caída, pero ante tanto cuchillo filoso y tanta medida de mis efluvios y líneas de aire, un humo negro comienza su giro, dejando en el centro un ojo que guía el concierto de ideas huracanadas y temo que posean mi lengua con su garra y dañen donde no quiero. ¡Cuántos corazones envenenados! ¡Qué horripilantes efectos pueden causar comportamientos anodinos! Se me ilumina la alarma que reza: ¡Cuidado con tus obras cuando haya ojos oscuros! Siempre tienen ansia de negro, gritos y llantos.
Vela, Maluba, por mí en la noche, templa mis acciones y reacciones, escúdame en el mundo mágico con un halo de inocencia e indiferencia hacia las manos tendidas que ocultan garfios.
Un suspiro, templanza. Pongamos de nuevo el reloj en marcha tras el respiro, desviemos los pasos sin levantar polvareda y aseguremos mejor el rumbo apretando bien fuerte la brújula contra el pecho.

