Se aposentan las hojas

París
Ya llevo 20 días aquí, tengo completamente perdida la noción del tiempo y de todo. He vivido muchos cambios en este tiempo que ha pasado volando pero que me da la sensación de ser mucho más largo.
Me he adaptado rápido, demasiado rápido. Salgo con gente completamente desconocida con quien me divierto. No sé si esta cara que presento es la verdadera o una mimetizada para sobrevivir. No sé hasta qué punto yo soy ésta que habla todo el rato con verborrea fácil pero desconfía, que recela aunque aparentemente se da, que sale a mirar el mundo casi sin sorpresa pero marcada en lo inconsciente con la huella de cada olor, cada gesto, cada persona observada.
Ahora me siento como el bosque alfombrado por una hojarasca que acaba de caer de los árboles , que de pronto es removida por un viento turbulento que lo desordena todo. Ansío que caigan estas hojas, cada una a su lugar, porque este viento lo altera todo, levanta las hojas, las capas de parches que he ido colocando sobre mi suelo bruto, original, dejando ahora al descubierto la base que ya no reconozco por haberla ocultado y olvidado. Me siento primitiva al ver qué es lo que yace debajo...
Se me llenan los ojos de deseos; objetos, dinero, el sueño de estar en mil pieles diferentes y ser la protagonista real de mil historias de amor; ponerme los zapatos de otro; ser la mejor profesora de la Sorbona, la mujer más competente y conocida, la madre más cálida, la amante más indómita y vividora, la bohemia que se oculta, la filósofa inspirada, la sensible que mira al firmamento con ojos anegados...
¡Quiero sentirme algo, alguien, en esta marabunta de sonidos tumultuosos, sudores en contacto que no se dicen nada, pellejos enfermos que estorban, cuerpos sin cabeza porque se les atrofió el cerebro y, con esa estructura, la función máxima, cuidados ya para nada y para nadie...! ¡y yo, en medio de todo esto hablándole a la nada, a unos oídos que no me entienden, dando órdenes que ni yo misma comprendo porque no sé adónde conducen, ni si es lícito obligar a un cuerpo cuya esencia ya voló a tro orden para transformarse;yo aquí entre estos cuerpos porque me trajo el destino aparentando ser quien no soy, que sé lo que desconozco, que amo lo que detesto!
Me visto de caridad cada mañana y me desnudo entre copas de soledad para descubrir ante los pálidos reflejos de la noche mi corazón escuálido y nauseabundo...
Quiero volver a mi hogar, a aquel lugar donde brilla el sol, huele a limpio, a cocido recién hecho, a la voz de la abuela en el corral, a geranios y a dama de noche y jazmín, a sábanas blancas tendidas en el huerto, a tomates recién cortados, a patatas y judías regadas, a cencerros en los campos, a noches de verano solitarias, a rosarios de pétalos de rosa y besos familiares. A ese lugar donde no caben la tristeza, el abandono ni la enfermedad, donde no hay gritos ni heridas, donde no molestan tantos ruidos y no hay caras desconocidas que evalúan tu escaparate; donde nadie pide más que tu presencia, donde no te ruegan con corazón partido que mires cómo se apagan, que no los dejes solos; donde no hay ojos vacíos viviendo sin un fin. ¡Cuánta necesidad de calor!
Quiero volver al abrazo de mi amado, lejos de tanta maldad, de tanta injusticia, de tocar a los renglones torcidos de la civilización incívica.
Me encuentra desprotegida, despellejada por la impresión, el Mal. Me asalta en las esquinas con promesas gloriosas, impías; me incita a mirar y sentir, a odiar y desertar, a doblegarme ante su cara bonita y su cuerpo llameante cuando se viste de hombre, a sucumbir a su dorada posesión cuando se engalana de oro,a su jugoso néctar inconsciente cuando promete licor de olvido. Se afana por enroscarse subiendo entre mis piernas y atando mi voluntad, me besa para ofrecerme el abandono y mostrarme el luminoso camino de la huida. Y yo, con ojos adormecidos, enrojecidos y llorosos, ansío caminar por él para llegar al pasado, a lo confortable, a la seguridad del desconocimiento. Lo deseo, lo ansío, lo temo, lo prefiero.
Me falta madera, barro, alma de creatura servicial; prefiero ser florero estúpido, neutro, en un pedestal; prefiero apagar mi voz y enmudecer cobardemente, prefiero el veneno del arrepentimiento a la incertidumbre de la lucha sangrienta y perdida contra mis limitaciones que sucumben ante el mundo. Prefiero reducir a nada mi espíritu, anular todo sentimiento responsable a enfrentarme a este monstruo colosal, a este dolor consciente e inhumano, a esta soledad maldita, a este estigma inmerecido, a esta injusticia soberana: estas sociedades donde comparten habitación, que no mesa Lázaro, los perros y los avarientos.
Pero ¿quién soy yo para elegir? ¿ acaso soy libre para ello?¿y si no es más que un sueño todo esto y prefiero esfumarme a probar suerte? Pero, ¿y si es un sueño dónde están mis poderes mágicos?¿dónde los ha olvidado Dios? ¿y por qué tantos obstáculos, tantas tentaciones que emborronan mi vista y dificultan mi camino? En nada confío.
Camino con palos de ciego. No hay cabida para la culpa. Toda mi vida pidiendo perdón por las zancadillas que me tiende el enemigo invisible que habita en mi propia casa me enseñan a no señalar a nadie con el dedo, a elegir cualquier camino sin miedo a las represalias ni a los castigos, a tener pesadillas sin sentir ese lastre culpable, a soñar lo imposible con cándida ilusión infantil.
Basta de espionaje, de represiones, de reclamaciones a mi propia alma. ¡necesito descansar, necesito respirar, necesito vivir el bien, equivocarme en el mal, amar con mi límite humano, sentir asco si no puedo más!
Se aposentan las hojas de nuevo tras haberme obligado a besar mi herida, bebo mi propia sangre y mamo mis lágrimas que gritan.
París, donde cohabitan la miseria y la riqueza, los desperdicios, la cruz de la moneda, la otra cara de la luna. No quiero ni pensar en cómo serán los cráteres de los otros mundos,...y en cambio, siento que dios me abraza y me consuela.

